THEATRE:

 

sábado 24 de febrero de 2001

«El gran ceremonial»

 

Autor: Fernando Arrabal.
Intérpretes: Juan I. Vieira, Paula Barros, Carlos Bolívar, Catalina Rendón.
Dirección: Carlos Bolívar. Sala Ensayo 100, Madrid.


Sería muy fácil decir que Fernando Arrabal es un adelantado a su tiempo, si no fuese porque su tiempo es precisamente éste. El dudoso honor de ser considerado un clásico en vida es en ocasiones consecuencia, o hasta causa, de que se tenga la certeza de estar respetando a un autor por sí mismo, por su nombre, sin necesidad de conocer sus obras. Es muy posible que la persona de Arrabal haya ocultado, al menos en España, el verdadero alcance de unos textos que son, en definitiva, los que deberían justificar a un autor, no al contrario.

En el caso de «El gran ceremonial», escrita en 1963, nos encontramos con una obra doblemente valiosa. Por un lado, es un perfecto ejemplo de las obsesiones vitales y estéticas de su autor; por otro, presenta una estructura autónoma de gran eficacia dramática tanto en la composición de personajes como en el desarrollo de la anécdota y en la elección de un lenguaje cotidiano roto por alfilerazos de índole poética que, por contraste, introducen raptos de humor que rompen la densidad del drama. Cuenta la historia de Cavanosa, el embrutecido hijo de una madre hiperprotectora y castradora. Esa brutalidad seduce a una joven hastiada de su comprensivo novio, y que se entrega al muchacho para que éste la martirice en un ritual de desprecios.

Al conocedor de la vida de Arrabal no le será difícil reconocer aquí la estilización de diversos hechos determinantes en la vida del autor: la ambivalente figura de la madre, la no correspondencia entre la lógica de uno mismo y la del entorno, la salvación encarnada en la esposa... Quien nada sepa de esto, tiene sin embargo suficientes atractivos en el texto, como el enfrentamiento con los deseos inconfesables o el desprecio hacia determinadas maneras de compasión en forma de entrega interesada. La corrupción del amor y la perversión de unas relaciones que sólo se establecen en la polarización entre víctimas y verdugos, son algunas de las constantes de la poética arrabaliana que aquí se manifiestan con singular contundencia. Lamentablemente, la apariencia algo cutre del montaje no es la más adecuada para servir a un texto del cual se pueden extraer mayores exquisiteces. Aun así, el entusiasmo de algunos de los intérpretes y, sobre todo, la grandeza de la obra, hacen que el espectáculo se siga con interés.

Pedro Manuel VÍLLORA